Antes de terminar de
escribir sobre la visita a Taiseki-lli, hubo una experiencia muy particular
previo a la visita al templo en una de esas noches que paseábamos por Tokio con
nuestra miga venezolana que vivía allá. Caminando por las calles cercanas al hotel,
recuerdo que ella nos llevó a uno de los templos locales de la Nichiren Shoshu.
Toda una peculiaridad para nosotros. Porque no era diferente a una iglesia de
parroquia, o sea, estaba en todo el centro de la calle, muy transitada, sin más
que dos grandes puertas que dejaban
entrar a un salón con muchas sillas, como para 200 personas quizás, que
terminaban en unos escalones que llevaban al altar principal.
Al entrar,
cualquiera podía sentarse a hacer daimoku, cosa que hicimos, sin que hubiese
nadie dirigiendo el daimoku. Sólo cuando llegó al hora del gonguio, entró desde
un lateral del altar un sacerdote, que se disponía a dirigir el gonguio.
Dirigió el gonguio de la noche, muy lento y con las tres oraciones que se
hacían antes. Los que practican desde los 80' o 90' recuerdan "ese" gonguio.
Lo más particular de
ese gonguio sucedió al finalizar la tercera oración. Poco antes de terminar
dicha oración, entraron dos sacerdotes desde los laterales de la tarima y se
posicionaron al pie de unos de esos tambores tradicionales japoneses, los que
se tocan de manera horizontal y que son muy grandes. Cuando entré esos tambores
sólo eran unos "adornos" para mí, pues jamás pensé que tuvieran
alguna utilidad en un templo. Pues nada, al terminar la tercera oración, y al
disponernos a comenzar el daimoku acostumbrado, ambos sacerdotes comenzaron a
tocar los tambores!!! Uno cada lado!!! Y el toque de los tambores era lo que
determinaba el ritmo del daimoku que íbamos haciendo!!! Yo, amante de la
percusión, y pendiente del "ritmo" en todo, estaba más que extrañado,
hasta extasiado diría! Porque lo musical que ya era el daimoku para mí, ahora
era absolutamente rítmico. Aunque sólo es una teoría, pienso que era una manera
de que TODOS los participantes siguieran el mismo ritmo del daimoku, y no como
sucede a veces que hay muchas voces con distintos ritmo… confirmo, es solo una
teoría. Pero bien, este pedacito de lo vivido en Japón había olvidado
escribirlo antes.
Ahora sigo en Taiseki-lli.
En octubre de 1990, después de haberme encontrado con Sensei en par de oportunidades, visitar los terrenos de Taiseki-lli, haber pernoctado en los Shobo, haber hecho daimoku en el Sho-Hondo frente al Dai-Gojonzon, todavía quedaba una particular experiencia que vivir antes de retornar primero a Tokio y después a Venezuela.
La actividad previa
a retirarnos de Taiseki-lli fue muy particular y significativa para los
miembros de la Soka Gakkai y de toda la SGI que estábamos participando. Se
llevó a cabo en lo que creo es lo que llaman el "Gran Salón de
Recepción", el que aparece citado en "La nueva Revolución
Humana", ese donde Toda Sensei recibe a los miles de jóvenes el 16 de
marzo de 1958. Honestamente no estoy seguro, pero siempre he pensado que es ese
mismo lugar.
La ceremonia era
junto a cientos de sacerdotes, otros cientos de miembros, en un salón mucho más
tradicional que el Sho-Hondo, este era un enorme salón cuadrado de techo muy
alto, pero con decoración mucho más tradicional japonesa. Nada comparado a lo
vanguardista que podía apreciarse en el Sho-Hondo.
En este salón, Ikeda
Sensei dirigió el gonguio vestido de blanco con un traje muy tradicional y
hasta clérigo, acompañado por los principales dirigentes de la Nichiren Shoshu.
En esa ceremonia a los miembros de la SGI nos tocó estar arrodillados más lejos,
hacia la parte derecha posterior del salón. Y sí, todos arrodillados, allí no
habían sillas. El gonguio fue eterno como acostumbraban los sacerdotes y aunque
no estoy seguro, creo recordar que en esa ceremonia no teníamos los auriculares
para la traducción, así que todo fue súper ceremonial y simbólico.
Sensei fue
"impuesto" de manos de Nikken, de una especie de
"embestidura" como máximo representante de todas las organizaciones
laicas afiliadas a la Nichiren Shoshu. O sea, Nikken, representando a la
Nichiren Shoshu, estaba identificando a Daisaku Ikeda como el líder que
representaba a todos los laicos practicantes del Budismo de Nichiren Daishonin.
Por supuesto todo esto nos lo explicaron después y para todos representaba un
honor muy grande el haber participado de esa ceremonia, porque habíamos estado
junto a Sensei en ese máximo reconocimiento por parte del clero. La Soka
Gakkai, que no es que lo necesitara en ese momento, recibía de manera explícita
el reconocimiento como la organización más identificada con el deseo del Daishonin
de lograr el Kosen-rufu, por sus grandes esfuerzos en la propagación. Y Sensei
como presidente de la Soka Gakkai y de la SGI, estaba siendo reconocido por
eso!!!
Así, aún con 18
años, mi admiración y compromiso hacia Sensei se consolidaron, confirmando mi
determinación de retribuir como discípulo a quien escogí como mentor.
Los últimos días en
Japón de ese año fueron para definir qué traía de obsequio y a quién. Durante
todo el viaje Sensei nos había estado enviando obsequios que incluían efectivo.
Al final, sacando cuentas, Sensei nos había casi "devuelto" la estadía,
o sea que yo podía llevar regalos prácticamente para todos los incluidos en mi
lista. Pude traer muchas cosas para mis hermanos, mi novia, mis padres, mis
amigos… Casi no me quedó nadie por fuera. Todo esto apoyado directamente por
Sensei, quien como todo un padre nos protegía y cuidaba al punto de garantizar
que no volviéramos con dificultad para agradecer a nuestros seres queridos.
El regreso de Japón
en 1990 estuvo lleno de miles de experiencias y obsequios, pude compartir mi
experiencia en varias oportunidades y en cada una pude transmitir el enorme
agradecimiento hacia mis padres, quienes fueron los promotores de mi
participación en ese viaje. Los dos compañeros con los que viajé se
convirtieron en profundos amigos.
Menos de dos meses
después de mi regreso, en diciembre de 1990, el asunto con el clero se agudizó
y meses después, a principios de 1991, la Nichiren Shoshu excomulgó a la Soka
Gakkai, en un claro intento por despojarla de su membresía para así garantizarse
la contribución directa de estos sinceros miembros. No ocurrió. La Soka Gakkai
se mantuvo firme, siguió creciendo y mermando la cantidad de personas
vinculadas al clero, año tras año.
Así resumo mi viaje
a Japón en octubre de 1990.