A finales de 2000
inicié una nueva etapa en mi experiencia como división juvenil en la SGIV, me
reté a conocer más de la realidad de otros países y así aprender mucho más
sobre el espíritu de un Sucesor del mentor. Argentina y Perú fueron los
primeros países en los que compartí con jóvenes de toda la región, ampliando mi
visión sobre lo que significaba ser un discípulo de Sensei. En septiembre de
2001 me tocó regresar a Japón, junto a 7 extraordinarios líderes de las DJs de
ese momento. Era mi segunda visita a Japón, mi segunda oportunidad para
encontrarme con Sensei.
Antes de relatar
esta experiencia, me tomo la libertad de escribir sobre mi primera visita, mis
primeros encuentros con Japón, con la Soka Gakkai y con Sensei, ocurridos en
1990 cuando todavía tenía 18 años.
Mis padres viajaron
a Japón por primera vez en 1982. Yo, con 10 años, sólo esperaba su regreso para
disfrutar de los regalos… Luego viajaron de manera individual, mi padre en 1988
y mi mamá en 1989. Así que en su corazón estaba que yo viajara lo antes posible.
Viajé el año siguiente.
Desconozco los
criterios que se usaban en esos tiempos para "anotarse" en el viaje a
Japón. Sólo sé que mis padres me animaron y pues yo dije que sí. Tenía 18 años,
sabía que antes había llegado a Japón alguien más joven que yo, así que por la edad
no había problema. Yo llegué a Japón en ese momento por "buena fortuna
acumulada", con esto quiero decir que no era una meta que hubiese salido
de mí, fue más bien el deseo de mis padres lo que hizo que yo viajara en ese
año.
Viajé con dos
jóvenes bien "adultos", con ninguno tenía mucha relación previa. Uno
era un DJM de otra Zona de Caracas con quien sólo compartía en actividades
generales de Caracas. Él era sordo a consecuencia de una mala praxis médica
cuando niño, así que leía los labios para comunicarse. A la DJF no la conocía.
Fue un grupo de 3 jóvenes que compartiríamos este viaje y que nos marcaría la
vida a cada uno de manera distinta.
Las fechas del viaje
no las recuerdo, pero fueron en octubre de 1990. Hace unos meses revisando, mi
esposa encontró un cuadernito donde están anotadas las orientaciones y demás
cosas que pude escribir. Fue extraño leer nuevamente lo que escribí en esa época.
El viaje lo hicimos
por Nueva York. Cuando llegué una de las agentes de inmigración se enamoró de
mí y me hizo abrir mi maleta, que estaba tipo "envase al vacío", por
lo que luego de abrirla fue extraordinariamente jodido cerrarla. En mi escaso
inglés respondí las preguntas que ella me hizo, cosas normales… a dónde iba,
por cuánto tiempo, etc. Pasamos una noche en Nueva York y al día siguiente
viajamos a Tokio. Fueron 14 horas de vuelo, para mí pasaron como 3 días en ese
avión.
Al llegar a Tokio
nos recibió una de las jóvenes traductoras que en ese momento estaba
entrenándose. Era una chica dominicana hija de japoneses, una de 4 hermanas
pioneras en República Dominicana que sigue siendo una eterna amiga. De hecho
entre los participantes estaba su hermana mayor, con quien también tuve un muy
bonito vínculo. Sus padres la habían enviado a Japón para prepararse como
traductora, lo mismo sucedió años posteriores con otras de sus hermanas.
El viaje a Nueva
York, la noche, el viaje a Tokio, el autobús al hotel, ya eran excelentes
escenarios donde iba conociendo a mis compañeros. Él, un fanático de la
tecnología, traductor oficial de inglés siendo sordo, parte de su experiencia
con la práctica. Ella, empresaria divorciada.
Desde nuestra
llegada estaba extasiado con Japón. Las calles, los carros, los edificios… era
el país de Mazinger Z!!!!! El hotel, el Keio Plaza. Son cosas que un chamín de
Catia termina diciendo "¿cómo llegué yo aquí?" Sabía que mis padres
habían hecho grandes esfuerzos para costear mi viaje, pero de pana todo lo veía
como muchote.
Los dos DJM de
Venezuela compartimos habitación, así que pudimos estrechar mucho más nuestro
vínculo. Cada cosa que quería transmitirle a él, debía verlo a la cara para que
pudiera leer mis labios, así que gritarle desde el otro lado de la habitación,
sencillamente no servía.
El orden de las
actividades no los recuerdo, así que escribiré mientras voy recordando lo
vivido. En Japón contamos adicionalmente con el apoyo de una compañera miembro
de la SGIV que ya tenía años viviendo allá, no recuerdo bien el motivo, pero
resultó de gran apoyo para nuestras salidas a ver qué comíamos y cómo
pagábamos, y por supuesto a comprender un poco más de la Gakkai en Japón. Ella
conocía a mis padres desde años antes, así que yo recibía su gran estima
"por retruque".
Me fui acostumbrando
al programa del día a día, el sueño era mortal. La chica DJF era quien asistía a las reuniones de
planificación y nos informaba. Las actividades de bienvenida sirvieron para
conocer a los otros participantes de la SGI. Yo, el más chamo. Jóvenes y no tan
jóvenes llegaron de México, Panamá, Perú, República Dominicana, Argentina,
Brasil y no recuerdo qué otro país de América Latina. Seguro fueron más países,
pero no lo recuerdo. Hice muy buena amistad con los jóvenes de Panamá y México,
los dominicanos eran muy reservados igual que los Argentinos. Entendí luego que
entre otras cosas, era porque en ese viaje fueron acompañados por sus
directores generales o sus máximos responsables, que los ponía un poco más
disciplinados.
Desde la primera
actividad comenzamos a recibir los obsequios de Sensei: kimonos, palitos para
comer, cuadernitos, bolígrafos, revistas, etc. Los obsequios también incluían
efectivo. Preguntando a las traductoras nos comentaban que es una tradición
japonesa que emplean los padres o los adultos con sus hijos o jóvenes queridos,
a quienes les dan efectivo cada vez que viajan. Así, comenzaba a vivir la
calidez de Sensei que nos trataba como sus hijos. Yo, habiendo sido
"enviado" por mis padres, entendía perfectamente el deseo de Sensei
de hacernos sentir como sus hijos y más aún, su deseo de retribuir los
esfuerzos que nuestros padres habían hecho.
Las comidas fueron
un problema. No me gusta la comida cruda, por lo que la mayoría de las comidas
que nos invitaban no eran de mi agrado. En esa época todavía no había tantas
consideraciones hacia los viajeros occidentales
como las hay ahora en Japón, así que pasé hambre en una que otra ocasión. Las
noches aprovechábamos a nuestra amiga y nos llevaba a distintas opciones. Mis
compañeros se saciaron de comida japonesa y yo podía optar por las opciones
occidentales o al menos "cocinadas". Una noche salí con la amiga
dominicana, hija de japoneses y que se comunicaba perfectamente en el idioma y
comimos en esos lugares súper pequeños que sería el equivalente a los
"carritos de perro caliente", pero allá eran pequeños locales uno al
lado del otro con diferentes opciones para comer. Comimos una sopa que era
servida en una olla, o sea, para dos.
Recuerdo que salía a
caminar solo o acompañado a los alrededores del hotel, conociendo tiendas y
pendiente de qué traería de regalo, tenía una larga lista de personas a las
que quería traerles algo. Por supuesto iba súper ajustado de plata, así que las
caminadas eran justamente para escoger y revisar los precios, para luego
definir qué podría traer.
Los miembros, todos
muy amables, muy pendientes de cada cosa que necesitáramos, regalos por todos
lados. Sin duda algo extraño, pero por supuesto súper sabroso. Desde los chamos
estudiantes hasta los vice presidentes, todos nos trataban con mucho respeto y
hasta admiración. Conversando con las traductoras nos decían que para los
japoneses es extraño que alguien llegue desde tan lejos a su tierra. Además,
para los propios miembros de Japón resulta algo inusual encontrarse con Sensei,
así que nosotros éramos "especiales" en ese sentido.
Uno de los primeros
encuentros con los miembros fue en Chubu, una región con uno de esos mega
Kaikan para cientos de personas y de varios pisos. Para recibirnos, organizaron
(como siempre) todo un programa protocolar vistoso y colorido. En la entrada
del estacionamiento, a penas nos bajamos, nos recibieron los cientos de
miembros con banderitas al ritmo de una canción tocada por las chicas del
Kotekitai de su región. Yo, un Banda de Metales de pura cerpa, estaba un poco
extrañado porque no estuvieron los chicos del Ongakutai también, sólo las
chicas… "¿qué pasó acá?" Pues lo que pasó es que después de entrar al
mega salón, después de los cientos de saludos y gritos de bienvenida, antes de
iniciar la reunión, tocaron los chicos del Ongakutai que estaban dispuestos
orquestalmente y respondieron a mi necesidad de verlos. El guarapo ya lo tenía
alborotaísimo…
El tema central de
la reunión no lo recuerdo, pero inolvidable es lo que vino después. En los
patios externos prepararon una mesas donde los miembros del exterior pudimos
sentarnos a comer y a disfrutar de un mini-festival cultural que habían
preparado. Hubo varios actos, muy tradicionales, pero el que destacó y que
mientras escribo es casi como revivirlo, fue un acto de los tambores
tradicionales japoneses, esos que son enormes y que se tocan de manera
horizontal. Ese acto era preparado por un tipo y un chamín, que resultaron ser
padre e hijo. Estaban presentando para nosotros el acto que los condujo a ganar
un premio en un reciente festival en el que participaron. Sería imposible
describir el performance y lo que YO iba sintiendo con el retumbar de los
tambores.
En la mesa habíamos
miembros de la SGI junto a miembros de Chubu. En nuestra mesa estaba yo con mi
compañero sordo, quien igualito disfrutó de los tambores de la música, porque
era imposible no contagiarse de lo que transmitían, así que él estuvo de principio
a fin con sonrisa de oreja a oreja. Nos acompañaban varios miembros de Chubu,
pero todos mayores. Uno de ellos comenzó a conversar con nosotros, le asombraba
que yo hubiese podido llegar a Japón tan joven para encontrarme con Sensei. Le
conté sobre el deseo de mis padres y que ellos habían estado en los años
previos y se conmovió aún más. Él sabía que yo era de Venezuela y me comentó
que conocía el Seikyo Criollo… jamás comprendí cómo. Todo por supuesto en
inglés escaso que manejábamos mutuamente.
Esa primera jornada
musical es inolvidable, eterna, el espíritu con el que esos chamos tocaban era
para transmitir su victoria a través de la fe. Para mí era ver la prueba real
de lo que Sensei nos transmitía en el mensaje para la Banda de Metales y que yo
me sabía de memoria desde los 12 años. Me sentí más miembro de la SGI, más
Banda de Metales, más discípulo de Sensei que nunca antes.