martes, 13 de noviembre de 2012

Japón 1990 - 3


El día que conocí el Sho-Hondo y pude entonar Daimoku y Gonguio frente al Dai-Gojonzon pasó a ser uno de los días más especiales e inolvidables de mi vida.

El día no amaneció muy soleado, más bien algo gris, pero fue perfecto porque la caminata desde los Shobos hasta el Sho-Hondo no era corta, así que fue muy fresca la caminata. Después de pasar todos los templos de los alrededores se llegaba al final del camino donde se encontraba el Sho-Hondo, que se veía ya a lo lejos como una construcción imponente. Al uno irse acercando su imponencia era cada vez mayor, aunque lo conocía por fotos sólo viéndolo era posible captar su verdadero tamaño.

En los alrededores de la construcción principal estaban las largas escaleras que llegaban a la "famosa" fuente en forma de flor de loto, muy comentada por todos los que visitaban el Sho-Hondo. Lugar obligado para las fotos de recuerdo. Aunque carezco de cualquier recurso arquitectónico, siempre describí al Sho-Hondo como una construcción muy "universal", intentando expresar que no pertenecía a alguna tendencia cultural específica, era como la fusión de muchos estilos en un solo lugar, lo tradicional y ortodoxo junto a lo vanguardista y futurista; esto último expresado sobre todo en el techo, que eran como grandes alas…

Luego de estar todos los miembros ya listos, se debía hacer las filas para poder ingresar al gran salón principal. Las filas eran por continente, así que todos los latinos estábamos juntos. A cada continente se les asignaba unas filas de asientos específicas e íbamos entrando recibidos en las grandes puertas por sacerdotes con cara larga, poco cálidas. Ese fue un tema conversado, no recuerdo si antes o después, pero se enfocaba en ese momento como la actitud de solemnidad que se debía mantener en esos espacios.

Mientras entraba era imposible no ver cada detalle del salón, lo amplio, lo bien pensado en su construcción para que cada silla siempre quedara "mirando directo" al altar principal. El techo que por fuera era como grandes alas, por dentro era como un espacio que se iba haciendo más y más alto, porque del centro hacia afuera se iba haciendo más profundo. Las sillas dispuestas en varios niveles y secciones. Al ingresar y tomar asiento, los latinos terminamos en las filas alrededor de la 20, es decir muy cerca del altar principal, del centro un poco hacia la derecha. En el asiento inmediato al frente, quedó sentada la gran amiga dominicana.

La ceremonia comenzó con un daimoku ceremonial y lento, ya conocía el daimoku y el gonguio de los sacerdotes, súper lentos y eternos, por supuesto porque es lo tradicional y ortodoxo en el clero. El altar principal era imponente, las puertas principales eran de unos 3 o 4 metros de altura y dispuesta de forma ovalada, de manera que se abrían recorriendo un riel curvo. Ah, la apertura de esas grandes puertas era electrónica, así que era más que llamativa esa apertura de altar.

Esas grandes puertas dejaban descubierto el espacio donde estaba el Dai-Gojonzon, que estaba al final de unos cuantos escalones que llegaban a un butsudan más pequeño. Esos escalones eran subidos por un sacerdote de la manera más ceremonial y pre-ensayada, que al llegar al final se encontraba con dos pequeñas puertas del tamaño "estándar" para un armario o algo similar. El sacerdote tomó las asas del medio y en un movimiento extremadamente rápido y preciso, abrió hacia los lados ambas puertas plegables expandiendo los brazos mientras bajaba la cabeza al mismo instante… una fracción de segundo… Y ahí quedaba descubierto el Dai-Gojonzon, detrás de una lámina de vidrio que lo protegía. Comentarios posteriores se referían a esa lámina de vidrio como antibalas, pero es algo que jamás pude confirmar de alguna fuente confiable.

Ver el Dai-Gojonzon fue especial… ojo, nada esotérico: no vi luces centellantes, ni floté, ni todo brilló a su alrededor, ni sentí que era poseído por ningún ente externo… Lo especial fue pensar en todo lo que simboliza el Dai-Gojonzon, yo estaba frente al objeto de devoción que Nichiren Daishonin dedicó a toda la humanidad, de inmediato recordé en todo lo que sabía de la historia de Nichiren para inscribir el Dai-Gojonzon, su deseo de dedicarlo para la paz del mundo. Yo estaba haciendo Daimoku frente a ESE Gojonzon.

Era una maciza tabla de alrededor de 1,50 o 1,70 mts. A la distancia que estaba sacaba la proporción por el tamaño del sacerdote que abrió las puertas. ¡Era negro con los caracteres dorados! No recuerdo si lo había escuchado antes o no, pero la cosa es que SI recuerdo lo impresionado que estaba al ver un Gojonzon negro con dorado!!! Por supuesto, súper pulido y nítido, de manera que desde cualquier parte del salón donde estaríamos unas 3.000 personas se apreciaba con nitidez.

Allí hicimos Daimoku, no recuerdo cuánto tiempo. Allí estuvo con nosotros Ikeda Sensei, haciendo Daimoku junto a nosotros. Para iniciar el Gonguio subió el sumo prelado, el famoso Nikken, quien se instaló para dirigir el Gonguio mientras otros sacerdotes preparaban los grande velones y le ajustaban la gran campaña del butsugo principal. Así hicimos Gonguio, súper lento y ceremonial. Fuimos los penúltimos miembros de la SGI que estuvimos en el Sho-Hondo, apreciamos al Dai-Gojonzon y que tuvimos que hacer Gonguio dirigido por Nikken.

No recuerdo si al terminar el Gonguio hubo palabras o algún acto protocolar. Quizás el asombro de todo oculta eso en mi memoria, quien sabe… Al salir del Sho-Hondo continúan los encuentros entre amigos, las fotos junto a los eternos compañeros y demás expresiones de estar vinculados por toda la eternidad.

De regreso a los Shobos uno regresaba por un camino distinto, que es una especie de boulevard que está repleto de tienditas muy pequeñas pero con todos los implementos para la práctica, donde se conseguía literalmente lo que uno quisiera para su altar personal. Butsudanes espectaculares y de todos los precios, lluzus de todos los tipos, candelabros, campanas, etc. Lo mismo que hoy en día pero "en Taiseki-lli". Entrando a uno de los locales, los viejitos que lo atendían apenas entré me ofrecieron una taza de lo que imagino era té verde caliente que me ofrecían por el clima algo frío. Con toda la vergüenza del mundo tuve que probar y hacer el máximo esfuerzo por no arrugar la cara ante el amargo sabor.

Mi compañero sordo de repente se iba sólo y debía correr para traerlo para que no se apartara mucho del grupo de latinos… él de lo más feliz del mundo. Su alegría sólo fue alterada cuando se enteró que uno de los mexicanos se compró un lluzu de jade, en esos tiempos todavía se podía, ahora es una piedra preciosa protegida. El lluzu en cuestión costaba una cifra grosera y a mi compañero le pareció absolutamente innecesario gastar tamaña cifra de dinero en un implemento para la práctica, por momentos se puso intenso con el asunto, pero poco a poco se fue calmando al plantearle que si el pana llegó a Japón con recursos suficientes para gastar lo que quería, pues era parte de su buena fortuna.

Yo compré poca cosa, lo más importante: un lluzu de sándalo para mi papá. Mi papá me había comentado que le gustaba el olor del sándalo y ciertamente cuando lo compré el olor me cautivó de inmediato. Olor fresco y a naturaleza. Ese lluzu todavía existe y es mío, mi papá lo cambió años después por un lluzu que recibió de Ikeda Sensei. Quizás compré otras cosas, pero no lo recuerdo.

Al final de la jornada, tendríamos el último encuentro con Sensei en una ceremonia súper especial que creo que se realizó el mismo día en la tarde. Esa ceremonia ocasionaría una avalancha de dudas por lo que pasaría semanas después, cuando ya estaba en Venezuela.

En cuanto al Sho-Hondo, lamenté al igual que millones de miembros del mundo, que Nikken se levantara un día con el empeño de destruir todo lo que la Soka Gakkai había edificado por y para el Kosen-rufu, con las contribuciones de miembros de todo el mundo.

En cualquier caso, agradezco infinitamente la buena fortuna que tuve al conocer tan importantes edificaciones forjadas en el corazón de los tres presidentes de la Soka Gakkai.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Japón 1990 - 2


En 1990 pude conocer a Sensei "en vivo y directo". Al menos en 3 oportunidades los miembros de la SGI nos encontramos con él.

La primera ocasión fue suficiente para conectarme de manera eterna con él, mentor que escogí para mi vida. Todo lo previo que conocía de Sensei era a través de sus orientaciones, lo que leía, lo que escuchaba que otros leían, lo que otros contaban de sus encuentros con él. Todo era "referencial" y nada se comparó a lo que yo sentí al conocerlo y escucharlo.

Recuerdo que fue extraño escucharlo hablar, el tono de su voz, sus posturas y maneras. Desde mi llegada a Japón y al conocer a los distintos líderes de la Soka Gakkai la imagen de "el japonés tradicional" era muy marcada, sobre todo en las reuniones… Hablar con mucha fuerza, con tono de voz alto, muy pegado a un guion leído, etc. El primer encuentro con Sensei fue conocer "un japonés diferente", no hablaba gritando, se movía de manera muy natural, hablaba sin guion, se dirigía no sólo a los que tenía enfrente sino a quienes tenía al lado en la tarima, y a esos les hablaba con una naturalidad que no vi en otros japoneses.

Su voz era cálida, por más que yo debía escuchar por un auricular la traducción, su voz prevalecía por la naturalidad de sus palabras. Fue casi como escuchar a un familiar, no digo "mi papá", pero si como un abuelo que le hablaba a sus hijos y nietos. Es decir, fue imposible "no creer" todo lo que escuchaba en la traducción.

Su daimoku era imponente, su voz se escuchaba sobre cualquier otra, y no hablo del volumen de micrófono, hablo de la proyección de su voz en el lugar. Dinámico, rítmico, en fin, ese primer encuentro bastó para establecer mi vínculo con el mentor.

El segundo encuentro fue en la ciudad de Nagoya. Nos quedamos en otro hotel "descomunal" que estaba frente a uno de los palacios que usaba el emperador, así que la vistosidad del lugar era insuperable. El centro cultural al que fuimos en Nagoya era igual de impactante que el de Chubu, la alfombra del mega-salón que cubría toda la superficie era muy colorida y poco a poco se iba llenando de los que participamos en la actividad. En esa época no había sillas, todos nos arrodillábamos por la costumbre oriental, así que entrarían un par de miles de personas fácil.

Para ese segundo encuentro me tocó una actividad muy especial, y es que como mi compañero era sordo, obviamente él no disfrutaba de la traducción simultánea y era imposible que leyera los labios de Sensei. Así que en esa actividad, mientras Sensei hablaba en la tarima, yo estaba volteado mirando la cara de mi compañero, y todo lo que escuchaba por el auricular lo modulaba para que él entendiera lo que Sensei iba orientando. Sin duda al principio no fue nada cómodo, yo quería "ver" a Sensei mientras hablaba, pero la labor de repetir lo que Sensei decía para que "otro" lo apreciara, iba haciéndome sentir que "cumplía una importante misión", así que la ansiedad dejó paso al sentido de misión.

El tercer encuentro con Sensei ocurrió en los terrenos de Taiseki-ji, y esa sería la penúltima visita de miembros de la Soka Gakkai a esos terrenos.

Las historias del viaje a Taiseki-ji tenían todo ese manto de misticismo que a veces, de manera inevitable, algunos le adjudican. Para mí eran unas instalaciones más japonesas que cualquiera. Por supuesto el estar en el sitio donde se estableció la escuela de Nichiren, los terrenos donados por uno de los principales discípulos del Daishonin, ya eran de suficiente significación. Además el Monte Fuji hace que "el wallpaper" de la escena sea insuperable.

Ya de noche, nos indicaron que participaríamos de una ceremonia muy especial, se trataba de la ceremonia de bienvenida o de ingreso de los niños que iniciaban su camino o sus estudios en el sacerdocio. Por el camino principal que recorría los terrenos, los visitantes del exterior nos colocamos lado a lado, y desde muy lejos venían caminando los cientos de sacerdotes que hacían vida en Taiseki-ji, seguidos por las decenas de niños, de distintas edades pero algunos muy pequeños, que ingresaban al templo como aprendices. Desconozco cómo es su educación. Con lámparas y cosas parecidas a pequeñas antorchas iban en su lento caminar (que no era marcha) con el sonar de unos tambores y platillos de fondo. Yo estaba viendo una película...

Los viajes a Taiseki-ji incluían una noche en los Shobo, una edificaciones donde además de servir para reuniones, eran los lugares donde dormían los que llegaban a peregrinar. Esos Shobo fueron todo un descubrimiento. El piso totalmente de Tatami, allí dormiríamos; los baños, repitiendo como los identificó uno de los panas panameños, "humillantes", porque con gráficos en los cubículos, indicaban "cómo usar" un baño occidental, porque obviamente esos lugares eran más usados por orientales, así que nosotros éramos los "extraños" y debían indicar la manera correcta de usar esos baños. Eso sí, agua caliente para un lugar en principio frío por naturaleza, al pie de la montaña y con mucha vegetación y humedad. En unos armarios enormes tenían todos los implementos para dormir: sacos, cobijas, almohadas, etc.

Ya de noche, y preparándonos para dormir, se formó un grupo natural de panas en el espacio de esos armarios. Y arrancó el bochinche… fue una reunión super divertida y natural con contrapunteo de chistes, de los panameños y mexicanos sobre todo. Fue reír y reír hasta llorar, dolor de estómago y de mejillas, éramos los propios carajitos disfrutando de unos compañeros recién conocidos pero que jamás olvidaríamos ni nos separaríamos por el vínculo eterno que estábamos estableciendo. Sólo paramos, cuando el responsable de República Dominicana, en tono que dejó en evidencia su molestia, preguntó: "¿y ustedes acaso no van a dormir?"… en efecto, la risa de al menos uno de los mexicanos era muy escandalosa y cuando ya todos estaban agarrando su sueño y con las luces apagadas, los chistes todavía iban y venían. Finalmente fuimos a dormir con las inevitables risas de recordar cada chiste que se fueron calmando con la ansiedad de conocer el Sho-Hondo al día siguiente y cuando apreciaríamos al Dai-Gojonzon.

Noche inolvidable, amigos eternos.

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