El día que conocí el
Sho-Hondo y pude entonar Daimoku y Gonguio frente al Dai-Gojonzon pasó a ser
uno de los días más especiales e inolvidables de mi vida.
El día no amaneció
muy soleado, más bien algo gris, pero fue perfecto porque la caminata desde los
Shobos hasta el Sho-Hondo no era corta, así que fue muy fresca la caminata.
Después de pasar todos los templos de los alrededores se llegaba al final del camino
donde se encontraba el Sho-Hondo, que se veía ya a lo lejos como una
construcción imponente. Al uno irse acercando su imponencia era cada vez mayor,
aunque lo conocía por fotos sólo viéndolo era posible captar su verdadero
tamaño.
En los alrededores
de la construcción principal estaban las largas escaleras que llegaban a la
"famosa" fuente en forma de flor de loto, muy comentada por todos los
que visitaban el Sho-Hondo. Lugar obligado para las fotos de recuerdo. Aunque carezco
de cualquier recurso arquitectónico, siempre describí al Sho-Hondo como una
construcción muy "universal", intentando expresar que no pertenecía a
alguna tendencia cultural específica, era como la fusión de muchos estilos en
un solo lugar, lo tradicional y ortodoxo junto a lo vanguardista y futurista;
esto último expresado sobre todo en el techo, que eran como grandes alas…
Luego de estar todos
los miembros ya listos, se debía hacer las filas para poder ingresar al gran
salón principal. Las filas eran por continente, así que todos los latinos
estábamos juntos. A cada continente se les asignaba unas filas de asientos específicas e íbamos
entrando recibidos en las grandes puertas por sacerdotes con cara larga, poco
cálidas. Ese fue un tema conversado, no recuerdo si antes o después, pero se
enfocaba en ese momento como la actitud de solemnidad que se debía mantener en
esos espacios.
Mientras entraba era
imposible no ver cada detalle del salón, lo amplio, lo bien pensado en su
construcción para que cada silla siempre quedara "mirando directo" al
altar principal. El techo que por fuera era como grandes alas, por dentro era
como un espacio que se iba haciendo más y más alto, porque del centro hacia
afuera se iba haciendo más profundo. Las sillas dispuestas en varios niveles y
secciones. Al ingresar y tomar asiento, los latinos terminamos en las filas
alrededor de la 20, es decir muy cerca del altar principal, del centro un poco
hacia la derecha. En el asiento inmediato al frente, quedó sentada la gran
amiga dominicana.
La ceremonia comenzó
con un daimoku ceremonial y lento, ya conocía el daimoku y el gonguio de los
sacerdotes, súper lentos y eternos, por supuesto porque es lo tradicional y
ortodoxo en el clero. El altar principal era imponente, las puertas principales
eran de unos 3 o 4 metros de altura y dispuesta de forma ovalada, de manera que
se abrían recorriendo un riel curvo. Ah, la apertura de esas grandes puertas
era electrónica, así que era más que llamativa esa apertura de altar.
Esas grandes puertas
dejaban descubierto el espacio donde estaba el Dai-Gojonzon, que estaba al
final de unos cuantos escalones que llegaban a un butsudan más pequeño. Esos
escalones eran subidos por un sacerdote de la manera más ceremonial y
pre-ensayada, que al llegar al final se encontraba con dos pequeñas puertas del
tamaño "estándar" para un armario o algo similar. El sacerdote tomó
las asas del medio y en un movimiento extremadamente rápido y preciso, abrió
hacia los lados ambas puertas plegables expandiendo los brazos mientras bajaba
la cabeza al mismo instante… una fracción de segundo… Y ahí quedaba descubierto
el Dai-Gojonzon, detrás de una lámina de vidrio que lo protegía. Comentarios
posteriores se referían a esa lámina de vidrio como antibalas, pero es algo que
jamás pude confirmar de alguna fuente confiable.
Ver el Dai-Gojonzon
fue especial… ojo, nada esotérico: no vi luces centellantes, ni floté, ni todo
brilló a su alrededor, ni sentí que era poseído por ningún ente externo… Lo
especial fue pensar en todo lo que simboliza el Dai-Gojonzon, yo estaba frente al
objeto de devoción que Nichiren Daishonin dedicó a toda la humanidad, de
inmediato recordé en todo lo que sabía de la historia de Nichiren para
inscribir el Dai-Gojonzon, su deseo de dedicarlo para la paz del mundo. Yo
estaba haciendo Daimoku frente a ESE Gojonzon.
Era una maciza tabla
de alrededor de 1,50 o 1,70 mts. A la distancia que estaba sacaba la proporción
por el tamaño del sacerdote que abrió las puertas. ¡Era negro con los
caracteres dorados! No recuerdo si lo había escuchado antes o no, pero la cosa
es que SI recuerdo lo impresionado que estaba al ver un Gojonzon negro con
dorado!!! Por supuesto, súper pulido y nítido, de manera que desde cualquier
parte del salón donde estaríamos unas 3.000 personas se apreciaba con nitidez.
Allí hicimos
Daimoku, no recuerdo cuánto tiempo. Allí estuvo con nosotros Ikeda Sensei,
haciendo Daimoku junto a nosotros. Para iniciar el Gonguio subió el sumo prelado,
el famoso Nikken, quien se instaló para dirigir el Gonguio mientras otros
sacerdotes preparaban los grande velones y le ajustaban la gran campaña del
butsugo principal. Así hicimos Gonguio, súper lento y ceremonial. Fuimos los
penúltimos miembros de la SGI que estuvimos en el Sho-Hondo, apreciamos al Dai-Gojonzon y que tuvimos que
hacer Gonguio dirigido por Nikken.
No recuerdo si al
terminar el Gonguio hubo palabras o algún acto protocolar. Quizás el asombro de
todo oculta eso en mi memoria, quien sabe… Al salir del Sho-Hondo continúan los
encuentros entre amigos, las fotos junto a los eternos compañeros y demás expresiones
de estar vinculados por toda la eternidad.
De regreso a los
Shobos uno regresaba por un camino distinto, que es una especie de boulevard que
está repleto de tienditas muy pequeñas pero con todos los implementos para la
práctica, donde se conseguía literalmente lo que uno quisiera para su altar personal.
Butsudanes espectaculares y de todos los precios, lluzus de todos los tipos,
candelabros, campanas, etc. Lo mismo que hoy en día pero "en
Taiseki-lli". Entrando a uno de los locales, los viejitos que lo atendían
apenas entré me ofrecieron una taza de lo que imagino era té verde caliente que
me ofrecían por el clima algo frío. Con toda la vergüenza del mundo tuve que
probar y hacer el máximo esfuerzo por no arrugar la cara ante el amargo sabor.
Mi compañero sordo
de repente se iba sólo y debía correr para traerlo para que no se apartara
mucho del grupo de latinos… él de lo más feliz del mundo. Su alegría sólo fue
alterada cuando se enteró que uno de los mexicanos se compró un lluzu de jade,
en esos tiempos todavía se podía, ahora es una piedra preciosa protegida. El
lluzu en cuestión costaba una cifra grosera y a mi compañero le pareció
absolutamente innecesario gastar tamaña cifra de dinero en un implemento para
la práctica, por momentos se puso intenso con el asunto, pero poco a poco se
fue calmando al plantearle que si el pana llegó a Japón con recursos suficientes para
gastar lo que quería, pues era parte de su buena fortuna.
Yo compré poca cosa,
lo más importante: un lluzu de sándalo para mi papá. Mi papá me había comentado
que le gustaba el olor del sándalo y ciertamente cuando lo compré el olor me
cautivó de inmediato. Olor fresco y a naturaleza. Ese lluzu todavía existe y es mío, mi papá lo cambió años después por un lluzu que recibió de Ikeda Sensei. Quizás compré otras cosas,
pero no lo recuerdo.
Al final de la
jornada, tendríamos el último encuentro con Sensei en una ceremonia súper
especial que creo que se realizó el mismo día en la tarde. Esa ceremonia
ocasionaría una avalancha de dudas por lo que pasaría semanas después, cuando
ya estaba en Venezuela.
En cuanto al
Sho-Hondo, lamenté al igual que millones de miembros del mundo, que Nikken se
levantara un día con el empeño de destruir todo lo que la Soka Gakkai había
edificado por y para el Kosen-rufu, con las contribuciones de miembros de todo
el mundo.
En cualquier caso,
agradezco infinitamente la buena fortuna que tuve al conocer tan importantes
edificaciones forjadas en el corazón de los tres presidentes de la Soka Gakkai.