Naguanagua
Los talleres JCP se iban realizando en cada vez más lugares y más estados de Venezuela. En algunos casos lográbamos que se formaran jóvenes en cada estado que fueron asumiendo la realización de los talleres que eran solicitados en sus regiones, pero en otros casos desde Caracas debíamos seguir apoyando y viajábamos una cantidad de jóvenes según lo que se requiriese.
Para el primer trimestre de 2008, en Carabobo se concretó un proyecto para atender una serie de liceos del Municipio Naguanagua siendo el solicitante de los talleres una de las dependencias de la LOPNA, la Ley que protege a niños, niñas y adolescentes. Fueron tres meces durante los cuales viajamos repetidas veces varios jóvenes desde Caracas para trabajar en conjunto a algunos de Carabobo y así lograr atender todos los liceos que integraban el proyecto. No recuerdo con exactitud cuántos viajes o cuántos liceos fueron, pero sí que fueron varios viajes que realizamos, siempre con carros particulares para irnos muy temprano y regresar en horas después de mediodía. A veces almorzando en Valencia, otras veces en carretera. Eso sí, siempre fue en días de semana porque eran talleres a realizarse durante el horario de clase de los chamos.
El apoyo de las responsables de Carabobo, profesoras universitarias muchas de ellas, fue súper valioso, nos recibían siempre muy temprano y nos apoyaban en toda la logística haciendo todo lo que podían, dándonos las direcciones, llevándonos hasta los lugares, acompañándonos para poder almorzar, etc. Esas damas, y por supuesto los jóvenes de Carabobo, siempre los mantengo como grandes luchadores y compañeros eternos.
Esta serie de talleres en Naguanagua quizás representan la fuente de mayor aprendizaje en todas las experiencias que pude haber tenido como "tallerista" del JCP, porque han sido los talleres que nos exigieron la mayor de las convicciones en el logro de la transmisión del mensaje, fueron los escenarios donde muchos de nosotros se exigió al máximo para aplicar lo que el taller propone, con el ejemplo, con nuestras palabras y acciones, luchando para no permitir ser influenciados por quizás el clima más hostil que pudimos haber tenido en los 4 años que ya tenía el taller JCP realizándose en Venezuela.
Lo anterior lo digo con mucha firmeza y reconocimiento a la labor de todos los talleristas que participamos en esas jornadas, por supuesto reconociendo también la labor en la difusión del taller realizada por las damas y jóvenes de Carabobo. E igualmente confirmo, por esa serie de talleres la forja de quienes fuimos fue mucho más intensa y contundente para profundizar el compromiso de ser maestros del diálogo.
Lo que cuento no conserva un orden cronológico, sólo escribo lo que voy recordando.
En algunos casos los liceos donde fuimos no nos esperaban, llegábamos a presentarnos a la directora y no tenían idea de quiénes éramos ni por qué estábamos ahí. Obviamente nosotros esperábamos que sí supieran de la actividad. Al parecer ellos debían ser informados por la dependencia que estaba trabajando con la LOPNA y al no recibir su notificación, nosotros éramos poco menos que invasores. Esto ocasionó que en esos primeros casos (porque no fue sólo la primera jornada) tanto estudiantes como profesores no estuvieran cómodos con nuestra presencia. En algunos casos los profesores tenían materia pendiente que dar y debieron cancelar su clase para que nosotros hiciéramos el taller. Por supuesto, muy incómodo para nosotros. Si hubiesen sido talleres coordinados directamente entre la SGIV y el liceo, quizás nosotros cancelábamos la realización y se posponía para otra fecha, aún significando esto "perder" el viaje desde Caracas, pero al ser coordinados por la LOPNA, la dirección del liceo, siendo informados en ese preciso instante, debía responder a esa indicación y realizar el taller. Algo obviamente incómodo para ambas partes.
En uno de los primeros liceos visitados, nos contaban que eran muy comunes las peleas al final de clase, incluso de niñas, y justamente una semana antes de llegar nosotros, a consecuencia de una pelea entre niñas una de ellas tuvo que ser hospitalizada por fractura de cráneo.
Los jóvenes de la SGIV igualmente hicimos lo que sabíamos hacer, poner nuestra mejor actitud ante los talleres que fueron realizados en varios salones por vez, mientras más podíamos viajar, más salones se atendían por jornada. A veces a cada uno nos tocada conducir dos y tres talleres durante toda la mañana para lograr que todos los salones recibieran el taller JCP. Esto por supuesto implicaba mantener mucha fuerza y energía vital, mantener suficiente voz en el último taller para poder ser escuchado, en fin. Una gran batalla contra el cansancio, la falta de energía vital, y más aún contra el desespero o desesperanza que nos rondaba por la actitud de los chamos en ciertos salones.
En mi caso, en uno de los salones de quinto, al realizar la dinámica de "tolerancia activa" donde todos participan componiendo una ilustración en el pizarrón, uno de los chicos de esos que necesitan llamar la atención, al tocarle el turno tomó el borrador y diciendo que lo hecho por sus compañeros estaba mal, borró todo lo que habían hecho previamente. Obviamente recibió la queja del resto de sus compañeros pero él no se inmutó. Algunos me veían y esperaban que yo hiciera algo, pero les pedí dejar que él terminara su acción. Al terminar, obviamente orgulloso de "enseñarle" al resto la forma correcta de hacer la ilustración, se retiró a la parte trasera del salón. Sabía que había actuado mal, pero su postura fue la de retar lo que se estaba transmitiendo con el taller.
Fueron esos momentos donde uno experimenta miles de sensaciones en un solo instante, donde la oscuridad fundamental intenta prevalecer ante la Budeidad, donde el debate interno es si salir corriendo antes de insultarlo o mostrar con el ejemplo, a él y al resto, cómo actúa alguien no sólo convencido de lo que promueve el taller, sino más aún un practicante del Budismo Nichiren, un discípulo de Daisaku Ikeda, aunque para ellos eso fuese absolutamente extraño.
En esos milisegundos para decidir qué hacer, terminé resolviendo justamente dejar que actuara, que terminara de mostrar su postura y solicitar a los demás que lo dejaran actuar. Al terminar su acción, pedí a todos que tomáramos lo que hizo como ejemplo de lo que "no debe hacerse", que cada uno tiene un rol que cumplir y que en ese momento su rol era mostrarnos lo contrario a lo que el valor de "tolerancia activa" expone, así que él también estaba contribuyendo incluso con su acción que en un principio podía considerarse adversa. La respuesta del chico fue de desconcierto, no emitió palabra, sólo adoptó una postura que intentaba demostrar desenfado o desinterés, pero todos pudieron percatarse que había quedado "desarmado". Incluso fui a darle un apretón de mano para conocer su nombre y decirle el mío como muestra de que era honesta mi solicitud de valorar su aporte.
En otra de estas jornadas, en otro liceo, dimos los talleres mientras una representante de la LOPNA participaba inspeccionando lo que estábamos realizando, porque debía realizar un informe obviamente. Algunos de los chicos talleristas estuvieron incómodos al principio, pero luego lo asumieron como parte del reto de confirmar la convicción en el mensaje que transmitíamos con el taller.
En uno de los salones, mientras una DJF conducía el taller, desde fuera del salón lanzaron un pupitre hacia adentro. No llegó a golpear a nadie, no supimos descifrar por qué lo lanzaron, es decir si fue contra alguien del salón o en rechazo al taller, pero la chica se sobrepuso y continuó con el diálogo inspirando reflexión. Dar el taller en salones sin pizarrón, con techo de zinc y con mucho calor; en uno de los salones mientras el tallerista escribía en el pizarrón le lanzaron taquitos de tiza… En fin, fueron jornadas sumamente intensas por el escenario que nos encontramos. Sin embargo, durante los tres meses no decayó el ánimo de ninguno de nosotros, siempre atendimos a la cita varios de nosotros con el deseo de contactar el corazón de al menos un joven y dejar el nombre de la SGIV bien alto por ser un proyecto en conjunto a la LOPNA.
El último de estos talleres en Naguanagua, al cual yo no fui, tuvo un cierre extraordinario. En el liceo donde se hizo el taller, luego de ir terminando de atender todos los salones, varios de los muchachos talleristas en un acto de total espontaneidad, cuadraron un juego de futbolito con algunos de los chicos que ya estaban jugando, así que ese juego de talleristas vs. estudiantes fue una especie de "cierre simbólico" lleno de cordialidad, espíritu de compañerismo y trabajo en equipo. Esos estudiantes apreciaron ese aspecto distendido de los talleristas que por supuesto no era distinto a lo que habían percibido durante los talleres, así que sin duda eso también hizo que el juego saliera de manera natural y espontánea. El resultado del juego: no estaba yo, así que por supuesto perdieron… no hay una sola letra de modestia en esta última frase.
Fueron tres meses (de enero a marzo) de intensa labor por difundir los valores universales impulsados por la Budismo Nichiren y la Soka Gakkai; decenas de talleres realizados por jóvenes de Caracas y Carabobo llenos de compromiso con Ikeda Sensei y la Gakkai. Aún cuando al regresar sentíamos el cansancio físico natural de levantarse bien temprano, realizar entre dos y tres talleres cada uno, a veces en pareja pero a veces uno solo en salones de 30 o 40 estudiantes, era innegable la sensación de haber cumplido con nuestra misión como discípulos y sucesores del mentor. Esa era nuestra auténtica motivación y fuente de energía vital, siempre pensar que estábamos correspondiendo al sueño del mentor.
Creo que no hay un relato mejor para terminar este capítulo que lo transmitido por la responsable de la Zona Carabobo en ese entonces. Como los talleres eran auspiciados por la LOPNA, ellos nos prestaban un proyector para apreciar el video "Gandhi, King, Ikeda" sobre todo con los profesores. Al terminar las jornadas la responsable en Carabobo fue a devolver el proyector. En el lugar de la devolución se consiguió con una dama que le preguntó "¿ustedes son los que dieron el taller "Constructores de la paz?". Resultó que uno de los chamos que recibió el taller en alguno de los liceos, era familia de ella y ese chamo le mostró el marca-libros que le obsequiamos y le habló muy bien de lo que había escuchado y recibido, así que para esta dama ese chamo había quedado suficientemente impactado con el taller. La responsable de Carabobo recibió el relato con mucha alegría y así mismo nos lo transmitió. Creo que está demás decir que también lo recibimos con inmensa alegría, porque aunque fuese ese sólo este chamo, la misión del taller hacía sido cumplida!
Para mí, para cada uno de los que participamos en esas jornadas y en cualquiera de las jornadas del taller, el conocer este tipo de relatos siempre fue lo que mantuvo la llama del compromiso con la Gakkai y con Ikeda Sensei. El hecho de recordar estas cosas representa lo invaluable que son para la vida de aquel que actúa basado en la identidad del Sucesor, para nosotros, el Sucesor de Venezuela.
viernes, 12 de junio de 2015
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